Kyoto: El templo dorado Kinkaku-ji

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Los días que nos hospedamos en la casa de huéspedes Villa Court  Karasuma Nanajo, desayunamos en nuestro departamento pues su cocina estaba bien equipada con todo para preparar café y platillos simples. Este es nuestro tipo preferido de hospedaje para viajar en familia pues no solo es mucho más económico cocinar el desayuno y las cenas sino también es más espacioso que una habitación de hotel. Otro factor importante es que los departamentos muchas veces están equipados con lavadora/secadora lo que nos permite viajar lo más ligero posible. Generalmente, viajamos con dos mochilas medianas con suficiente ropa para una semana para los tres miembros de la familia y dos equipajes de mano pequeños con lo más básico para sobrevivir en caso de que la aerolínea pierda nuestros equipajes. Esta ligereza nos permite tomar el transporte público del aeropuerto o estación de trenes al hotel sin sentir que uno carga la casa encima.

Pero basta de generalidades y vayamos a la reseña de nuestro segundo día en Kyoto.

Llegamos a la estación de autobuses que se encuentra enfrente de la estación central y nos enfrentamos a la cruel realidad de Japón: a los japoneses les gusta viajar tanto como a nosotros y las filas para el autobús que se dirigía a Kinkaku-ji o Pabellón Dorado, eran bastante largas. Además el autobús tardaría 45 minutos en llegar hasta el noroeste de la ciudad y tendríamos que plegar la carreola y sostenerla todo ese tiempo. Enseguida, encontramos una forma alternativa en Hyperdia.com que involucraba tomar el metro (línea Karasuma) hasta la estación Kitaoji al norte de la ciudad y de ahí, tomar un autobús hasta Kinkakuji. En total, el trayecto duraría menos que el autobús desde la estación central pero costaría unos 150 yenes más. Cabe señalar que ninguno de estos medios de transporte están incluidos en la JR Rail Pass pues no forman parte de la compañía Japan Railways.

Llegar fue muy fácil y todo estaba perfectamente indicado en los letreros de las estaciones. En Kitaoji, seguimos los letreros hacia el paradero de autobuses y esperamos el correspondiente al templo dorado. En el autobús, pagamos con la tarjeta ICOCA, previamente comprada en una maquina expendedora en la estación central. ¡Voila! en menos de 40 minutos ya estábamos en la puerta del templo.

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Kinkaku-ji en todo su esplendor

Kinkaku-ji, cuyo nombre verdadero es Rokuon-ji (Templo del ciervo) es un templo budista Zen famoso por estar cubierto por un brillante oro laminado. Según las creencias budistas, el color dorado repele los sentimientos y pensamientos negativos hacia la muerte y refleja de manera extraordinaria la luz solar. Nosotros pudimos constatar este último aspecto pues incluso esa mañana nublada, el templo sobresalía como un gran tesoro en el horizonte.

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Al igual que en otros templos y castillos repletos de escaleras, los guardias de seguridad nos sugirieron dejar la carreola en la entrada. Afortunadamente Copito puede ya caminar distancias considerables y subir cuanta escalera se le ponga enfrente así que no tuvimos ningún problema durante todo nuestro viaje.

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A esas horas de la mañana, no muchos visitantes se encontraban con nosotros. Tomamos muy tranquilamente las fotos y caminamos cuanto quisimos en el jardín. El folleto que nos dieron en la entrada no tenía mucha información sobre el templo y adentro no había indicación alguna de la ruta pero los guardias señalaban muy atentamente hacia donde debíamos continuar.

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El edificio actual data de 1955 pues en 1950 el bellísimo templo fue quemado accidentalmente por un joven monje. La reconstrucción trató de ser idéntica al original aunque existen dudas sobre el excesivo uso de láminas de oro en la versión original. Kinkaku-ji consta de tres pisos y mide aproximadamente 12.5 metros de altura.

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El jardín sigue un estilo Shakkhei, que integra el exterior con el interior, es decir, que crea una extensión del mundo que rodea al templo y lo conecta con él. El pabellón también tiene un tranquilo estanque que refleja el templo dorado. La construcción del jardín y sus alrededores se construyeron tratando de ilustrar una harmonía entre el paraíso y la tierra, como lo describe el Budismo Amida y es un perfecto ejemplo del periodo clásico de los jardines japoneses.

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¿Quién le atina al jarrón?

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Los vikingos tratando de atinar

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Prendiendo velas en honor a Buda

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Bye bye Kinkaku-ji

Era turno para visitar el siguiente templo y para llegar a él teníamos que caminar unos tres kilómetros cuesta abajo. Era un día soleado y la caminata fue muy amena viendo a los estudiantes de una escuela cercana practicar artes marciales y viendo desde lo lejos las pagodas de otros templos. Unos 45 minutos después llegamos a nuestro destino.

Continuará…

**Gina

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