Monte Shosha y el Templo Engyoji

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Tuvimos un momento Lost in Translation al salir del castillo buscando el paradero del autobús que nos llevaría a nuestro siguiente destino. Primero, no encontrábamos algún lugar en donde vendieran algo salado para merendar ni siquiera en las tiendas que se encontraban afuera del castillo. Había helados, galletas de helado, caramelos, miles de dulces y miles de máquinas de refresco y café pero NADA salado. Sin nuestros antojos saciados y nuestros estómagos tristes nos dirigimos al que pensamos que era el paradero del autobús hacia la estación del teleférico del Monte Shosha. Después de 15 minutos de espera sabíamos que algo andaba mal. Consultamos los tableros con los horarios y oh-oh, nos habíamos equivocado de paradero. Para nuestra fortuna, una señora japonesa nos indicó el paradero adecuado y pronto, ya nos encontrábamos en el autobús. Fue un trayecto algo largo, alrededor de 40 minutos hacia el final de la ruta. Copito era feliz viendo a la gente timbrar, pagar, subir y bajar, dormirse etc. Se sentía como en la canción Wheel on the bus en vivo y a todo color. Su madre mientras tanto dormía una siesta involuntaria causada por las pastillas que se había tomado contra su recién adquirido resfriado.

Mt. Shosha es la montaña más alta de Himeji y alberga el complejo de templos de Engyoji. Para llegar a este lugar sagrado es necesario tomar un teleférico que en escasos cuatro minutos sube a 210 metros de altura. En esos minutos por los aires se puede apreciar una hermosa vista de la ciudad de Himeji que provocó uno que otro suspiro en la Yucafamily. A bordo del teleférico solo se encontraban unas cuatro personas más quienes al desembarcar desaparecieron en el bosque más rápido que lo que nosotros encontrábamos los sanitarios.

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Listos para subir al Monte Shosha

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El teleférico que sube al Monte Shosha

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Todo es kawaii en Japón, incluyendo los teleféricos

De la estación del teleférico a la entrada al complejo de templos caminamos unos 20 minutos en el bosque cuesta arriba y con la carreola. El camino era un poco inclinado por lo que a pesar de ser invierno y estar a unos 8 grados centígrados empezamos a acalorarnos con nuestros abrigos. En algún momento del camino nos perdimos por la falta de señalización pero afortunadamente unos trabajadores nos indicaron el camino al templo principal llamado Maniden. En el Monte Shosha no hay acceso a vehículos motorizados salvo a los de proveedores y monjes. Esto le daba un ambiente muy pacífico y espiritual sobre todo cuando el viento soplaba y solo podíamos escuchar a los árboles y a nosotros mismos (pensando, por supuesto, lo que íbamos a comer más tarde).

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En el camino al templo

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Bajando y subiendo en el camino al Maniden

El complejo de templos Engyoji fue fundado en el año 966 d.C por un sacerdote budista llamado Shoku quien recibió una iluminación espiritual por parte de Monju, la deidad de la Sabiduría y el Intelecto. Monju le dijo al sacerdote que todo aquel que subiera al Monte Shosha sería purificado en cuerpo y en espíritu. Con semejante promesa, la Yucafamily estaba dispuesta a sudar la gota gorda y alcanzar su purificación, o por lo menos, quemar las calorías suficientes de una gran cena en algún restaurante de Kyoto.

Nuestras tripas crujían cuando llegamos finalmente al templo Maniden. Un enorme helado y algunas maquinas de refresco era la señal universal de que había una pequeña tienda en donde comprar algo digerible. Mientras los adultos nos acercamos tímidamente hacia los estantes, Copito ya se había adueñado de un paquete de galletas de harina de arroz que sabían a… NADA. Creo que las empleadas habrán visto nuestras fauces babear ante sus sartenes pues nos ofrecieron disfrutar unos mochis recién preparados y de te verde en su establecimiento. Los mochi, unos pastelitos hechos de arroz y rellenos de jalea, nos supieron a comida de dioses y nos llenaron de energía suficiente para subir las docenas de escaleras en el templo Maniden.

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Mmmm Helado

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A subir las escaleras

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Copito era más rápido que yo

La historia de Maniden, el templo principal del Monte Shosha, se remonta al año 970 d.C. Está dedicado a la diosa de la misericordia después de que el monje Shoku vislumbró una ninfa celestial adorando un árbol de cerezo. Desafortunadamente, en 1921 el templo se incendió. El actual edificio se terminó en 1932 y es uno de los 33 templos de peregrinación en el Japón occidental. Este fue quizás el lugar más sagrado y solemne que visitamos en todo Japón pues cuando estábamos admirando su bellísima arquitectura, los monjes y algunos fieles empezaron las oraciones de la tarde.

Maniden se construyó con una arquitectura similar al templo de Kiyomizu en Kyoto, aunque como ya les relataré más adelante, la diferencia era el abrumador número de visitantes en éste último. Por el contrario, solo un puñado de peregrinos japoneses estaban con nosotros respirando aire divino y puro en Maniden.

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Maniden, en Engyoji

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Impresionante Maniden

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Un dragón

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Escultura de un Buda famélico

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Interiores de Maniden

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Detrás del altar mayor

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Guardianes del templo

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Buda

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El techo bellamente decorado

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El balcón del templo Maniden

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Campana e incienso

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Símbolos budistas

Otra de las razones por la cual son famosos los templos Engyoji, es la película protagonizada por Tom Cruise,  The Last Samurai (2003), que fue parcialmente filmada en el templo Daikodo, más arriba en la montaña. Desgraciadamente, nosotros no pudimos llegar a este lugar pues las piernitas de Copito ya no pudieron caminar ningún kilómetro adicional a los ya recorridos.

Eran un poco más de las 5:00pm cuando regresamos a la estación del teleférico. Sabíamos que nos esperaba un largo regreso a Kyoto (teleférico, autobús y shinkansen) pero no pudimos resistir descansar con unos merecidos refrescos en una terraza arriba de la estación. Ahí le dijimos adiós a la montaña sagrada y a sus nobles Budas.

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Vista de Himeji desde el techo de la estación del teleférico

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El horizonte de Himeji

Esa noche cenamos en la maravillosa tienda Yodobashi ubicada frente a la estación central de Kyoto. Primero que nada déjenme explicar la razón de mi enamoramiento con la tienda Yodobashi en Kyoto. Contrario a su versión en Tokyo, la tienda de Kyoto estaba mucho menos concurrida y era posible recorrer cómodamente sus pasillos en búsqueda de todo aquello que se puedan imaginar. Todo para cámaras digitales, SRLs, electrodomésticos, televisores, computadoras, ropa, juguetes, artículos deportivos, de viaje, souvenirs, etc. Ahí compramos la última noche algunos juguetes para Copito y su padre, una maleta adicional y algunas cosas para nuestro humilde hogar.  En el último de los 8 pisos se ubican tanto restaurantes de comida japonesa como occidental. Ahí cenamos tres de nuestras siete noches en Kyoto debido a que la mayoría de los restaurantes eran de tipo familiar y ofrecían un amplio menú apetecible para niños. Si hay algo que extrañe de Japón, a parte de su gente respetuosa, es sin duda Yodobashi.

Pancitas llenas y corazones emocionados, nos fuimos a dormir al departamento, listos para nuestro siguiente destino: Nara.

**Gina

 

 

 

 

Castillo de Himeji

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Dicen en mi país “al que madruga, Dios le ayuda” y en los viajes esto no puede ser más cierto. Eran apenas las 8:00 am cuando todos los miembros de la Yucafamily se encontraban listos en la estación central de Kyoto para abordar un shinkansen con destino a Himeji. No crean, mis queridos lectores, que madrugar forma parte de mis deseos cotidianos. Al contrario, como madre de familia, todos los días anhelo poder despertar una hora más tarde pero al parecer, madrugar forma parte de la naturaleza de cierto individuo de un metro de estatura. En todo nuestro viaje, el pequeño Copo de Nieve, se levantó aproximadamente a las 7:00am por lo que teníamos tiempo suficiente para hacer un breve desayuno y alistarnos para la aventura del día.

En menos de una hora ya nos encontrábamos en la ciudad de Himeji, poseedora de uno de los castillos más espectaculares de todo Japón. No hubo necesidad de preguntar el camino al castillo pues saliendo de la estación lo vimos resplandeciente al final de la avenida Otemae-dori. Tardamos unos 20 minutos en llegar a la entrada de la fortificación y de ahí se atravesaba una gran explanada en donde algunos grupos de turistas japoneses se encontraban posando para las fotos del recuerdo. Como era de esperarse, nos indicaron que teníamos que dejar la carreola en resguardo y utilizamos uno de los lockers para guardar nuestra mochila. Cuando nos disponíamos a entrar a la fortificación, un amable guardia de seguridad nos ofreció tomarnos unas fotos de recuerdo lo que por supuesto aceptamos gustosamente.

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Gran explanada ante el castillo

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Jardines 

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Recorriendo los interiores de la fortaleza

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Foto tomada por el guardia

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El guardia era todo un fotógrafo

El castillo de Himeji es apodado “la garza blanca” debido al bello color blanco que lo recubre. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993 y es uno de los tres castillos más famosos de Japón junto con el de Matsumoto y el de Kumamoto. Su fama tiene una justa razón pues se trata de una construcción original, es decir, que nunca ha sido destruido por guerras, terremotos o incendios.

Su origen se remonta a 1346 cuando se construyó una fortificación en la zona. Con el paso de los años se construyeron las torres menores y la espectacular torre mayor, perfectamente bien protegidas por un sistema de laberintos, pasadizos, una infinidad de puertas, cuartos secretos y saeteras. Para nuestra fortuna, el camino a la torre mayor estaba perfectamente bien señalada y el único que acechaba curiosamente por las ventanas saeteras era Copito de Nieve. Aunque pareciera increíble de leer, el castillo estuvo a punto de ser demolido durante los inicios de la Restauración Meiji como muchos otros castillos del Japón feudal. Posteriormente fue considerado un campamento ideal para los militares y después se promovió su restauración por parte de los ciudadanos de Himeji. Durante la Segunda Guerra Mundial, varias bombas cayeron sobre la ciudad destruyendo gran parte de ella. Una de ellas incluso cayó sobre la torre principal pero misteriosamente ésta no llegó a explotar causando regocijo entre los habitantes de la ciudad.

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Acechando en las ventanas defensivas

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Una de las muchas puertas de acceso

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Otra puerta 

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Base de piedra del castillo

Aunque por fuera la torre mayor pareciera tener cinco pisos, por dentro, los visitantes suben seis pisos por medio de estrechas escaleras. Desde la cúspide se puede gozar de una hermosa vista de la ciudad de Himeji a través de sus ventanas. Copito nos comprobó que se había vuelto un experto subiendo escaleras tamaño pie japonés pues, a diferencia de todos los que ahí nos encontrábamos, le resultó fácil escalarlas a pesar de estar bastante empinadas. Un grupo de niños en visita escolar se dedicaron a hacerle fiesta por cada konichiwa que les decía en su incipiente japonés lo que hizo nuestro recorrido muy ameno y menos formal que nuestras visitas anteriores a templos.

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La construcción del castillo

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Pez con cabeza de tigre

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Interiores de la torre principal

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Una de las escaleras

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Pez talismán que protege contra los incendios. ¡Muy efectivo! 

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Interiores de la torre principal

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Detalle del pez talisman 

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Copito descansando y tomando el sol

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Las torres en todo su esplendor

Le dijimos sayonara al magnífico castillo alrededor de las 11:00am. Nuestro siguiente objetivo era el menos concurrido Monte Shosha, ubicado en las afueras de la ciudad de Himeji. Sabíamos que era un lugar de difícil acceso así que apresuramos el paso hacia el paradero del autobús.

Continuará…

**Gina