Kyoto: Templo Nanzen-ji

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Google Maps fue nuestro amigo en esta ocasión. Nos guió a través de las calles y algunas avenidas hacia el templo de Nanzenji, a unos 30 minutos a pie de Ginkakuji. El área que comprende Nanzenji es tan grande que Google Maps nos indicaba varias puertas de acceso con muchos metros de diferencia. Escogimos la que parecía tener menos escalones (no por flojera sino por la carreola) y entramos a este lugar sagrado.

Confieso que no sabíamos mucho de lo que veríamos pues únicamente lo visitamos por estar en la ruta entre Ginkakuji y el distrito histórico de Higashiyama, éste último muy mencionado en las recomendaciones de viaje a Japón. Para Copito nuestra ignorancia era irrelevante y él más bien quería saludar de nuevo a Buda, quien a esas alturas del viaje era ampliamente mencionado en sus conversaciones. Nos dirigimos entonces al que parecía el edificio más alto e imponente del lugar: la gran Puerta Sanmon.

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Sanmon de Nanzenji en Kyoto

La actual puerta Sanmon data de 1628 y fue erigida en honor a los combatientes fallecidos en la Batalla de Osaka. Es considerada una de las tres grandes puertas de Kyoto junto con las de Chion-in y Higashi Hongan-ji. En el segundo piso, al cual se accede subiendo unas empinadas escaleras, está un oratorio y algunos relucientes Budas. Lo mejor de subir, sin embargo, es gozar de las hermosas vistas de los templos secundarios y el paisaje cercano a ellos.

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Subiendo escaleras 

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Templos de Nanzenji

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Les presumo mi autobús, dijo Copito

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Copito y una pareja muy japonesa con celular y cámara en mano

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Gozando en el balcón de Sanmon

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Templos de Nanzenji

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Budas en el altar

Enfrente de Sanmon encontramos el templo Hatto (templo de Dharma) que no estaba abierto al público y del cual solo pudimos admirar sus exquisitas pinturas. Caminamos hacia un acueducto de tipo occidental el cual fue construido en los tiempos de la Restauración Meiji en la segunda mitad del siglo XIX. Algunos visitantes se aventuraban a caminar en lo alto del acueducto para verificar hasta donde llegaba pero nosotros preferimos imaginarlo desde una zona seguro. Copito y las alturas no se mezclan.

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Pinturas en el techo de Hatto

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Copito era el único sin cámara en esos momentos

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Acueducto de Nanzenji

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Acueducto construido durante la Restauración Meiji

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Traia agua desde lejos hasta Kyoto

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Les sigo presumiendo mi autobús, dijo Copito

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Monjes y fieles caminando

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El acueducto desde el bosque cercano

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¡Soy feliz!

En Nanzenji hay muchos templos secundarios con bellísimos jardines que están abiertos al público pero nosotros preferimos seguir nuestro camino hasta Higashiyama y el templo de Kiyomizu. Era ya el medio día y cominos todo lo que compramos en el supermercado enfrente de la salida del templo. Nos esperaba otra larga caminata más al sur y necesitábamos cargarnos de energía suficiente para ello. Los vikingos que me acompañaban se dividieron el rico postre de chocolate y proseguimos nuestro recorrido con nuestro amigo Google.

Continuará..

**Gina

Kyoto: El templo de plata Ginkaku-ji

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Antes de empezar la reseña del día, quisiera comentar lo increíblemente fácil que es moverse en transporte público en Japón. Todo está perfectamente señalado, todo es limpio, los pasajeros son respetuosos y hasta los baños de las estaciones parecen salidos de las plazas comerciales de lujo en mi país México. El transporte público es a prueba de idiotas, a menos que el visitante confunda una K con un G. Pero díganme, ¿a poco no se parecen los nombres de Kinkakuji y Ginkakuji?. Después de resolver nuestra confusión en la estación del metro pudimos abordar tranquilamente el autobús que nos llevaría a Ginkakuji, el pabellón plateado.

Este es el templo que nos había recomendado el amigable chef de la pizzería Goichi durante nuestra primera noche en Kyoto. Según él, a pesar de que Kinkakuji recibe toda la atención, Ginkakuji era igualmente de hermoso y con un jardín magnífico. Sus palabras fueron muy ciertas y disfrutamos mucho estar en esa zona de la ciudad y poder ver esta obra maestra de la arquitectura Zen.

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La calle que conducía al Ginkakuji

Antes de entrar al templo, compramos los suministros suficientes en un supermercado local. Te, cocoa, agua, sandwiches, fruta y galletas fueron nuestro combustible por una modesta cantidad de dinero. Sabíamos que nos esperaba un largo día caminando por el Oriente de Kyoto y no queríamos que ningún miembro de la Yucafamily sintiera esa hambre destructora del buen humor.

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Jardín del Ginkakuji

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Estética Zen

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Templo en Ginkakuji

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Estanque en Ginkakuji

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Probando suerte en el estanque

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Jardin Zen

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Vista desde lo alto del cerro en Ginkakuji

El origen de Ginkakuji se sitúa en el año 1482 cuando el shogun Ashikaga Yoshimasa construyó una villa para pasar el resto de sus días, siguiendo el ejemplo de su abuelo Yoshimitsu quien había mandado construir Kinkakuji. Aunque es mejor conocido por el nombre de Ginkakuji, su nombre formal es Higashiyama Jisho-ji. Yoshimasa pasó toda su vida construyendo Ginkakuji y aunque su plan original era cubrir el templo Kannon-den con láminas de plata, esto nunca se llevó a cabo.

La parte más espectacular del templo es sin duda el jardín, en donde la belleza de todas las estaciones es adaptada para brindar al espectador una atmósfera de profunda espiritualidad.

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Mami, despertaré a las deidades

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Ding Dong

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Quería meditar ahí

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Jardin de arena y piedra

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Caminos pacíficos en Ginkakuji

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Templo de Ginkakuji

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Admirando el jardín en Ginakuji. Atrás una representación del Monte Fuji en arena.

Saliendo del templo nos encontramos con muchos señores de la tercera edad haciendo caminata por el famoso “Camino del Filósofo”, una calle que conduce de Ginkakuji a Nanzen-ji, un templo más al sur de Kyoto. Durante la primavera, este camino se inunda de colores rosas provenientes de los árboles de cerezo y por ello muchos visitantes lo recorren siguiendo los pasos del filósofo Nishida Kitaro. Ese día de invierno, el camino lucía más bien seco aunque no por ello menos inspirador a filosofar.

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El Camino del Filósofo

Cuarenta minutos después, llegamos a Nanzenji, un templo del cual no sabíamos nada pero estaba en la ruta hacia el distrito histórico de Higashiyama.

Continuará…

**Gina

 

Entre ciervos y Budas en Nara, Japón

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O como yo le digo, “el día que Copito le hizo Hi-five a Buda”…

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¡Hi-five Buda! (reproducción de la mano del Gran Buda de Nara)

Partimos de la estación de Kyoto hacia la ciudad de Nara, al sur de Kyoto, a bordo del tren de JR Nara Line Rapid Service. Estos trenes son más parecidos a un metro pues los asientos no se pueden reservar y hay espacio suficiente para ir parado en los extremos de los vagones. El trayecto duró alrededor de 50 minutos, mismos que Copito utilizó para “platicar” con un niño japonés y su abuelita sobre sus trenes de juguete. Como ya les había comentado, en los metros de Japón no es muy común platicar pero Copito ignoró dicha regla de etiqueta en todos los trenes que subió por más “shhhhhh” que su madre le decía. Creo que fue disculpado por los silenciosos japoneses por tratarse de un niño pequeño proveniente de otra cultura pues siempre encontró sonrisas más que miradas desaprobadoras como respuesta a sus conversaciones.

La estación de JR en Nara, se encuentra ubicada a un kilómetro de Kofuku-ji, un templo rodeado de grandes áreas verdes y en el cual tuvimos nuestro primer acercamiento con los venados de Nara. De acuerdo a la leyenda, la deidad Takemikazuchi-no-mikoto se apareció montando un venado blanco en el Monte Mikasa y desde entonces los venados con considerados animales sagrados en la ciudad. Matar a un ciervo fue considerado como un crimen cuyo castigo era la muerte hasta el siglo XVII. Hoy en día son orgullo de la ciudad y son protegidos como Tesoro Nacional, misma denominación que se les da a los edificios más importantes de Japón.

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Kofuku-ji

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Pagoda de Kofoku-ji

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Kofoku-ji

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Alimentando ciervos

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¿Que le dirá Copito al venado?

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Eran amigables pero golosos

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¿No tienes comida?, ¡no nos interesas! dijeron los ciervos

Copito fue muy feliz alimentando a los ciervos con unas galletas especialmente hechas para ellos. Estas galletas se vendían cerca de los templos y costaban unos 150 yenes. Lo complicado era poder dar a un solo ciervo una galleta como lo pudo constatar Mr. Viking. Los golosos animales se acercaban en montones apenas veían que alguien sostenía un paquete de galletas. Además, parecían tener alguna fijación con el papel pues nos robaron y mordisquearon nuestro mapa y otros folletos que sosteníamos. Después de esto, no nos atrevimos a comer nada cuando divisábamos algún venado pues aunque los cervatillos eran pequeños y curiosos, los más grandes me resultaban un poco intimidantes.

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Danos galletita, hombre blanco

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Los venados me robaron mi folleto

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Danos comida, mujer

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Copito descansando con un ciervo

Un señor japonés le enseñó a Copito a hacer que los ciervos hagan una reverencia antes de comer su galleta y le regaló un lindo origami que nos acompañó hasta el final de nuestro viaje.

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Con el señor que nos ayudó a darles de comer

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Feliz con su origami

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¡mmmm qué rico!

Continuamos caminando por el Nara Park, una inmensa area verde en medio de la ciudad en donde más venados se encontraban descansando y paseando por doquier. Nuestro objetivo era conocer al Daibutsu (Gran Buda) del templo de Toda-ji y algunos templos secundarios detrás de él. Para llegar a su gran puerta de entrada tuvimos que esquivar a miles de turistas, venados, vendedores ambulantes y uno que otro gato en el camino. La calle estaba tan concurrida que no nos fijamos que había un acceso con rampa (útil para subir la carreola) hasta después de cruzar la Puerta Nandaimon.

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Nara Park

Naidamon es la puerta al Daibutsuden, el templo principal donde se encuentra el Gran Buda. Este pórtico de madera, así como las estatuas de los guerreros que la flanquean son considerados también Tesoro Nacional de Japón. Los ciervos seguían siendo parte del paisaje y únicamente los dejamos de ver cuando llegamos a la taquilla del Daibutsuden. Al parecer los venados nos son bienvenidos en el patio del Gran Buda para tranquilidad de nuestros panfletos y nuestros boletos de entrada al templo.

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Naidamon

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Naidamon

El Daibutsuden fue construido en el año 752 d.C como sede de los templos budistas de Japón cuando Nara era la antigua capital del imperio. El actual edificio data de 1692 y es una reconstrucción pues el orinal fue consumido por el fuego y los terremotos. El actual es uno de los edificios de madera más grandes del mundo a pesar de que es dos tercios del tamaño del templo original. Su habitante principal, el Daibutsu, es uno de los Grandes Budas de Japón junto con el de Kamakura y Takaoaka, entre otros. Está hecho de bronce, mide 15 metros de altura y pesa 500 toneladas. ¡Impresionante!. Solo para que se den cuenta de las dimensiones del Gran Buda les dejo las siguientes fotografías.

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Daibutsuden

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Copito y el Daibutsuden

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Mami, ya quiero ver a Buda

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Detalles del Daibutsuden

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El Gran Buda

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Hermoso Buda

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Copito diciéndole hola al otro Buda

Daibutsu no se encuentra solo en el templo sino que está acompañado de varios Bodisatvas así como de dos guardianes con apariencia feroz y algunas réplicas de las edificaciones originales. Copito aprendió a venerar a Buda rápidamente aunque estaba más interesado en atravesar el orificio de uno de los pilares del templo. Este orificio mide exactamente lo mismo que la fosa nasal del Gran Buda y se cree que todo aquel que lo logre atravesar será iluminado en su próxima vida. “Challenge accepted” habrá pensado Copo de Nieve, quien con mucha agilidad atravesó sin ningún problema el agujero ante las risas de los turistas.

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Los Budas

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Reproducción del templo Daibutsen original

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Buda dorado

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Haciendo su ofrenda a Buda

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Mirada llena de admiración

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Uno de los guerreros guardianes

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No creo que alguien quiera pelear con ellos

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Obteniendo su iluminación

Nos despedimos del Daibutsu no sin antes comprar el que hasta el día de hoy es uno de los talismanes preferidos de Copito: dos pequeñísimos Budas a los cuales llama tiernamente “Buda y Budita” sus compañeros en sus historias fantásticas sobre trenes y autobuses en Japón.

Seguimos nuestro recorrido cuesta arriba en la montaña hasta llegar a Nigatsu-do y otros templos. Dado que no había venados a la vista pudimos comer unos sandwiches en el bosque con tranquilidad. Solo nos observaban unos cuantos Budas perdidos por los caminos a quienes los monjes les habían colocado agua para beber. Los Budas sin duda son muy sanos pues seguramente a las deidades de mi país les hubiesen colocado una que otra bebida etílica para mejorar su ánimo.

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Nigatsu-do

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Despertando deidades con el resonar de las campanas

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Bajando el cerro detrás de Toda-ji

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Una puerta sintoísta

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Descansado en Hooke-do

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Buda y su vaso de agua

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Otro Buda en el bosque

Era hora ya de regresar a la estación de Nara y Copito le dijo adiós a cuanto venadito vio. Esa noche volvimos a cenar en un restaurante de Yodobashi pues su precio nos había parecido muy accesibles para la inmensa cantidad de comida servida. Mientras su padre engullía un enorme steak, Copito era feliz viendo su comida servida de una manera muy original: en un carro de juguete. El apetito le surgió por sus ojos pues se acabó prontamente la mayor parte de ese platillo tan curioso.

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¡Qué rica y divertida comida!

Había llegado la hora de descansar y soñar con con el Gran Buda abordando un shinkansen.  Imágenes que solo pueden originarse en la imaginación de un niño.

**Gina

Monte Shosha y el Templo Engyoji

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Tuvimos un momento Lost in Translation al salir del castillo buscando el paradero del autobús que nos llevaría a nuestro siguiente destino. Primero, no encontrábamos algún lugar en donde vendieran algo salado para merendar ni siquiera en las tiendas que se encontraban afuera del castillo. Había helados, galletas de helado, caramelos, miles de dulces y miles de máquinas de refresco y café pero NADA salado. Sin nuestros antojos saciados y nuestros estómagos tristes nos dirigimos al que pensamos que era el paradero del autobús hacia la estación del teleférico del Monte Shosha. Después de 15 minutos de espera sabíamos que algo andaba mal. Consultamos los tableros con los horarios y oh-oh, nos habíamos equivocado de paradero. Para nuestra fortuna, una señora japonesa nos indicó el paradero adecuado y pronto, ya nos encontrábamos en el autobús. Fue un trayecto algo largo, alrededor de 40 minutos hacia el final de la ruta. Copito era feliz viendo a la gente timbrar, pagar, subir y bajar, dormirse etc. Se sentía como en la canción Wheel on the bus en vivo y a todo color. Su madre mientras tanto dormía una siesta involuntaria causada por las pastillas que se había tomado contra su recién adquirido resfriado.

Mt. Shosha es la montaña más alta de Himeji y alberga el complejo de templos de Engyoji. Para llegar a este lugar sagrado es necesario tomar un teleférico que en escasos cuatro minutos sube a 210 metros de altura. En esos minutos por los aires se puede apreciar una hermosa vista de la ciudad de Himeji que provocó uno que otro suspiro en la Yucafamily. A bordo del teleférico solo se encontraban unas cuatro personas más quienes al desembarcar desaparecieron en el bosque más rápido que lo que nosotros encontrábamos los sanitarios.

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Listos para subir al Monte Shosha

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El teleférico que sube al Monte Shosha

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Todo es kawaii en Japón, incluyendo los teleféricos

De la estación del teleférico a la entrada al complejo de templos caminamos unos 20 minutos en el bosque cuesta arriba y con la carreola. El camino era un poco inclinado por lo que a pesar de ser invierno y estar a unos 8 grados centígrados empezamos a acalorarnos con nuestros abrigos. En algún momento del camino nos perdimos por la falta de señalización pero afortunadamente unos trabajadores nos indicaron el camino al templo principal llamado Maniden. En el Monte Shosha no hay acceso a vehículos motorizados salvo a los de proveedores y monjes. Esto le daba un ambiente muy pacífico y espiritual sobre todo cuando el viento soplaba y solo podíamos escuchar a los árboles y a nosotros mismos (pensando, por supuesto, lo que íbamos a comer más tarde).

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En el camino al templo

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Bajando y subiendo en el camino al Maniden

El complejo de templos Engyoji fue fundado en el año 966 d.C por un sacerdote budista llamado Shoku quien recibió una iluminación espiritual por parte de Monju, la deidad de la Sabiduría y el Intelecto. Monju le dijo al sacerdote que todo aquel que subiera al Monte Shosha sería purificado en cuerpo y en espíritu. Con semejante promesa, la Yucafamily estaba dispuesta a sudar la gota gorda y alcanzar su purificación, o por lo menos, quemar las calorías suficientes de una gran cena en algún restaurante de Kyoto.

Nuestras tripas crujían cuando llegamos finalmente al templo Maniden. Un enorme helado y algunas maquinas de refresco era la señal universal de que había una pequeña tienda en donde comprar algo digerible. Mientras los adultos nos acercamos tímidamente hacia los estantes, Copito ya se había adueñado de un paquete de galletas de harina de arroz que sabían a… NADA. Creo que las empleadas habrán visto nuestras fauces babear ante sus sartenes pues nos ofrecieron disfrutar unos mochis recién preparados y de te verde en su establecimiento. Los mochi, unos pastelitos hechos de arroz y rellenos de jalea, nos supieron a comida de dioses y nos llenaron de energía suficiente para subir las docenas de escaleras en el templo Maniden.

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Mmmm Helado

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A subir las escaleras

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Copito era más rápido que yo

La historia de Maniden, el templo principal del Monte Shosha, se remonta al año 970 d.C. Está dedicado a la diosa de la misericordia después de que el monje Shoku vislumbró una ninfa celestial adorando un árbol de cerezo. Desafortunadamente, en 1921 el templo se incendió. El actual edificio se terminó en 1932 y es uno de los 33 templos de peregrinación en el Japón occidental. Este fue quizás el lugar más sagrado y solemne que visitamos en todo Japón pues cuando estábamos admirando su bellísima arquitectura, los monjes y algunos fieles empezaron las oraciones de la tarde.

Maniden se construyó con una arquitectura similar al templo de Kiyomizu en Kyoto, aunque como ya les relataré más adelante, la diferencia era el abrumador número de visitantes en éste último. Por el contrario, solo un puñado de peregrinos japoneses estaban con nosotros respirando aire divino y puro en Maniden.

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Maniden, en Engyoji

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Impresionante Maniden

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Un dragón

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Escultura de un Buda famélico

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Interiores de Maniden

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Detrás del altar mayor

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Guardianes del templo

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Buda

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El techo bellamente decorado

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El balcón del templo Maniden

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Campana e incienso

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Símbolos budistas

Otra de las razones por la cual son famosos los templos Engyoji, es la película protagonizada por Tom Cruise,  The Last Samurai (2003), que fue parcialmente filmada en el templo Daikodo, más arriba en la montaña. Desgraciadamente, nosotros no pudimos llegar a este lugar pues las piernitas de Copito ya no pudieron caminar ningún kilómetro adicional a los ya recorridos.

Eran un poco más de las 5:00pm cuando regresamos a la estación del teleférico. Sabíamos que nos esperaba un largo regreso a Kyoto (teleférico, autobús y shinkansen) pero no pudimos resistir descansar con unos merecidos refrescos en una terraza arriba de la estación. Ahí le dijimos adiós a la montaña sagrada y a sus nobles Budas.

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Vista de Himeji desde el techo de la estación del teleférico

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El horizonte de Himeji

Esa noche cenamos en la maravillosa tienda Yodobashi ubicada frente a la estación central de Kyoto. Primero que nada déjenme explicar la razón de mi enamoramiento con la tienda Yodobashi en Kyoto. Contrario a su versión en Tokyo, la tienda de Kyoto estaba mucho menos concurrida y era posible recorrer cómodamente sus pasillos en búsqueda de todo aquello que se puedan imaginar. Todo para cámaras digitales, SRLs, electrodomésticos, televisores, computadoras, ropa, juguetes, artículos deportivos, de viaje, souvenirs, etc. Ahí compramos la última noche algunos juguetes para Copito y su padre, una maleta adicional y algunas cosas para nuestro humilde hogar.  En el último de los 8 pisos se ubican tanto restaurantes de comida japonesa como occidental. Ahí cenamos tres de nuestras siete noches en Kyoto debido a que la mayoría de los restaurantes eran de tipo familiar y ofrecían un amplio menú apetecible para niños. Si hay algo que extrañe de Japón, a parte de su gente respetuosa, es sin duda Yodobashi.

Pancitas llenas y corazones emocionados, nos fuimos a dormir al departamento, listos para nuestro siguiente destino: Nara.

**Gina

 

 

 

 

Castillo de Himeji

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Dicen en mi país “al que madruga, Dios le ayuda” y en los viajes esto no puede ser más cierto. Eran apenas las 8:00 am cuando todos los miembros de la Yucafamily se encontraban listos en la estación central de Kyoto para abordar un shinkansen con destino a Himeji. No crean, mis queridos lectores, que madrugar forma parte de mis deseos cotidianos. Al contrario, como madre de familia, todos los días anhelo poder despertar una hora más tarde pero al parecer, madrugar forma parte de la naturaleza de cierto individuo de un metro de estatura. En todo nuestro viaje, el pequeño Copo de Nieve, se levantó aproximadamente a las 7:00am por lo que teníamos tiempo suficiente para hacer un breve desayuno y alistarnos para la aventura del día.

En menos de una hora ya nos encontrábamos en la ciudad de Himeji, poseedora de uno de los castillos más espectaculares de todo Japón. No hubo necesidad de preguntar el camino al castillo pues saliendo de la estación lo vimos resplandeciente al final de la avenida Otemae-dori. Tardamos unos 20 minutos en llegar a la entrada de la fortificación y de ahí se atravesaba una gran explanada en donde algunos grupos de turistas japoneses se encontraban posando para las fotos del recuerdo. Como era de esperarse, nos indicaron que teníamos que dejar la carreola en resguardo y utilizamos uno de los lockers para guardar nuestra mochila. Cuando nos disponíamos a entrar a la fortificación, un amable guardia de seguridad nos ofreció tomarnos unas fotos de recuerdo lo que por supuesto aceptamos gustosamente.

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Gran explanada ante el castillo

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Jardines 

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Recorriendo los interiores de la fortaleza

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Foto tomada por el guardia

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El guardia era todo un fotógrafo

El castillo de Himeji es apodado “la garza blanca” debido al bello color blanco que lo recubre. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993 y es uno de los tres castillos más famosos de Japón junto con el de Matsumoto y el de Kumamoto. Su fama tiene una justa razón pues se trata de una construcción original, es decir, que nunca ha sido destruido por guerras, terremotos o incendios.

Su origen se remonta a 1346 cuando se construyó una fortificación en la zona. Con el paso de los años se construyeron las torres menores y la espectacular torre mayor, perfectamente bien protegidas por un sistema de laberintos, pasadizos, una infinidad de puertas, cuartos secretos y saeteras. Para nuestra fortuna, el camino a la torre mayor estaba perfectamente bien señalada y el único que acechaba curiosamente por las ventanas saeteras era Copito de Nieve. Aunque pareciera increíble de leer, el castillo estuvo a punto de ser demolido durante los inicios de la Restauración Meiji como muchos otros castillos del Japón feudal. Posteriormente fue considerado un campamento ideal para los militares y después se promovió su restauración por parte de los ciudadanos de Himeji. Durante la Segunda Guerra Mundial, varias bombas cayeron sobre la ciudad destruyendo gran parte de ella. Una de ellas incluso cayó sobre la torre principal pero misteriosamente ésta no llegó a explotar causando regocijo entre los habitantes de la ciudad.

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Acechando en las ventanas defensivas

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Una de las muchas puertas de acceso

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Otra puerta 

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Base de piedra del castillo

Aunque por fuera la torre mayor pareciera tener cinco pisos, por dentro, los visitantes suben seis pisos por medio de estrechas escaleras. Desde la cúspide se puede gozar de una hermosa vista de la ciudad de Himeji a través de sus ventanas. Copito nos comprobó que se había vuelto un experto subiendo escaleras tamaño pie japonés pues, a diferencia de todos los que ahí nos encontrábamos, le resultó fácil escalarlas a pesar de estar bastante empinadas. Un grupo de niños en visita escolar se dedicaron a hacerle fiesta por cada konichiwa que les decía en su incipiente japonés lo que hizo nuestro recorrido muy ameno y menos formal que nuestras visitas anteriores a templos.

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La construcción del castillo

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Pez con cabeza de tigre

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Interiores de la torre principal

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Una de las escaleras

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Pez talismán que protege contra los incendios. ¡Muy efectivo! 

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Interiores de la torre principal

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Detalle del pez talisman 

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Copito descansando y tomando el sol

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Las torres en todo su esplendor

Le dijimos sayonara al magnífico castillo alrededor de las 11:00am. Nuestro siguiente objetivo era el menos concurrido Monte Shosha, ubicado en las afueras de la ciudad de Himeji. Sabíamos que era un lugar de difícil acceso así que apresuramos el paso hacia el paradero del autobús.

Continuará…

**Gina

Una tarde en Arashiyama

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Confieso que al llegar a Arashiyama, al oeste de Kyoto, no teníamos muchas intenciones de visitar más templos. Nuestro deseo era conocer el famoso bosque de bambú que tanto aparece en las postales del país del sol naciente y caminar sin rumbo fijo en este Sitio de Belleza Escénica, según el gobierno de Japón. Como era de esperarse para esas horas de la tarde, nos acompañaban un considerable número de turistas pero, siendo la mayoría japoneses, la cordialidad se imponía en las aglomeradas calles.

Todos los lugares de interés en Arashiyama se encuentran a una corta distancia de la estación del tren eléctrico excepto el Iwatayama Monkey Park, el cual está al otro lado del río Oi. El bosque de bambú y algunos templos se encuentran a unos metros de la estación así como el largo puente Togetsukyo desde el cual gozamos de hermosas vistas a las montañas cercanas al poblado.

El bosque de bambú es la atracción más conocida de Arashiyama. Es lo bastante grande como para que cualquier turista encuentre algún lugar semi-vacío para sentir la paz del sonido de estos altos arboles cuando se mueven con el viento. Los rickshaws también pasaban entre la gente dándole a todo el paseo un aire tradicional y divertido.

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Bosque de bambú

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¡Qué altos!

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El sol se esconde

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No podía faltar la foto del recuerdo

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Bambú

El murmullo del bambú y la gente hizo que Copito durmiera su siesta a esa hora. Nos dirigimos entonces a un mirador que  según algunos letreros en inglés estaba ubicado a 700 metros cuesta arriba. La recompensa a nuestro gasto calórico fue disfrutar de esta hermosa vista al río y las montañas.

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El río Oi

Nuestro estómago comenzaban a rugir y era hora de encontrar algún lugar para calmar a las bestias estomacales. Cruzamos el puente en dirección al Monte Arashi y comenzamos a explorar los restaurantes de la zona. Todos parecían muy tradicionales como para entrar con un Copito durmiendo o un Copito furioso por haber sido despertado de su siesta. No queríamos perder mucho el tiempo decidiendo así que compramos unos bento boxes enfrente de una estación de tren e hicimos un improvisado picnic en un parque cercano.

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Colores en invierno

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Colores en invierno

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Colores en invierno

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Cruzando el río Oi

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Antes de llegar al Monkey Park

Copito despertó hambriento y goloso, seguramente debido al olor del pan de chocolate que Mr. Viking estaba a punto de ingerir. El mayor de los vikingos tuvo que compartir su postre y una vez que todos estuvimos satisfechos nos dirigimos al Iwatayama Monkey Park.

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Precio y horarios del Iwatayama Monkey Park

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¿Escaleras al cielo?

Eran alrededor de las 4:00o pm cuando empezamos a subir la montaña. En la entrada nos advirtieron que tardaríamos alrededor de 20 minutos hasta donde se encontraban los monos. Esos 20 minutos se traducen a 40 al paso de un niño pequeño así que empezamos prontamente la caminata. Otros viajeros nos pasaban velozmente y otros que bajaban le daban ánimos a Copito diciéndole que ya faltaba poco para que viera a los monos.

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¡Tú puedes, Copito!

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El sol se oculta

Finalmente llegamos a la cima del Monte Arashiyama. Los macacos japoneses jugaban por doquier y sus cuidadores vigilaban que ninguno de ellos atacara alguna de las gigantescas cámaras SRL con las que los visitantes tomaban centenares de fotos. Las advertencias eran claras: debíamos de guardar una distancia de tres metros con los macacos, no mirarlos a los ojos o agacharnos a su nivel. Todas las advertencias fueron explicadas a Copito aunque aún así uno de los monos se acercó peligrosamente hacia él, creemos por su estatura poco intimidante. En la cima también está un refugio totalmente cerrado desde el cual se puede alimentar a los macacos con cacahuates y frutas y comprar alimentos y bebidas para los agotados Homo sapiens. 

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Copito orgulloso de haber llegado a la cima

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Macacos traviesos

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Espulgándose

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Muy pensativo

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Kyoto desde lo alto del Monte Arashiyama

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¡Dame cacahuates, Homo sapiens!

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Monos golosos

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Alimentado macacos

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¡Dame!

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Su mirada lo dice todo

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Alimentado un bebé macaco

Antes de bajar la montaña y dirigirnos a la estación de tren, Copito y un puñado de jóvenes que trataban de emular sus hazañas, jugaron en una enorme resbaladilla. Muy felices bajamos tranquilamente los casi tres kilómetros los cuales se nos hicieron considerablemente menos pesados que los caminados cuesta arriba.

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weeeeee

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Copito el valiente

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Un parquecito tranquilo

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Fue más fácil bajar

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Últimas escaleras

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Cruzando el puente hacia la estación de trenes

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Feliz, como siempre

Para regresar a nuestro departamento, tomamos el tren línea San-in en la estación de JR Saga-Arashiyama. En 15 minutos ya estábamos nuevamente en el centro de Kyoto listos para comprar algo delicioso para la cena.

Al día siguiente nos esperaba uno de los castillos más hermosos de todo Japón, pero esa es otra historia…

**Gina

Kyoto: Ninna-ji, un templo de herencia imperial

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Llegamos hasta el monumental Ninnaji unos 45 minutos después de haber salido de Kinkakuji. Nos sentíamos unos verdaderos enanos al cruzar la gran puerta llamada Niomon, flanqueada por dos guardianes con cara enojada y que, tan solo de verlos, evitaron que cierto niño de tres años hiciera sus travesuras en presencia de Buda.

Como siempre, dejamos la carreola en el lugar designado por los empleados y nos adentramos a este espacio sagrado. La entrada al templo fue gratuita y únicamente pagamos 500 yenes por cada adulto para conocer el Goten, descrito más adelante.

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Puerta Nomon

En los siglos VIII y IX muchos nobles imperiales construyeron sus villas veraniegas en las colinas al oeste de Kyoto. Estos nobles eran seguidores del Budismo Amida y posteriormente muchas de sus villas fueron convertidas en templos. Durante este periodo, el Emperador Koko ordenó  la construcción de un templo en honor al Buda Amida en el Monte Ouchiyama pero murió antes de ver terminar su legado. Su hijo, el Emperador Uda, completó esta obra y, al cumplir 31 años, abdicó para convertirse en el sacerdote principal de este templo. A partir de entonces, fue tradición que uno de los hijos del Emperador fungiría como abad en Ninnaji lo que lo convirtió en uno de los templos más prestigiados de todo Japón.

Hoy en día, Ninnaji es la sede de la escuela Omuro de la secta Shingon del Budismo.

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Pagoda de cinco pisos

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Puerta Niomon desde la puerta Chumon

En el siglo XV un gran incendio durante un guerra destruyó gran parte del templo. Las estructuras actuales datan del siglo XVII cuando el príncipe Kakushin, con patrocinio del Shogunado, reconstruyó el templo. Desde 1994, Ninnaji es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO junto con otros dieciocho lugares más.

La estrella de Ninnaji es el Goten, la residencia del sacerdote principal, construido al más puro estilo imperial. No recuerdo cuantos suspiros realicé durante nuestra visita pero todo el complejo era uno de los edificios más bellos que había visto en mi vida. Todo destilaba elegancia, desde sus hermosos pasillos de madera, su altar reluciente, sus puertas corredizas decoradas y sobre todo, su espléndido jardín con estanque y área seca.

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Bellas pinturas en el interior del Goten

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Pinturas en las puertas corredizas

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Quiero un recibidor así

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Pintura en las paredes

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Altar a Buda

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Pequeño Buda

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Jardin de roca

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Caminar ahí nos brindaba paz

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Hermosos pasillos cubiertos

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En donde mirase había belleza

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Estanque

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Un edificio del complejo

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Las puertas de acceso

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Explorando las habitaciones

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¿En qué pensaba Copito?

Todo era bello. Todo. Pero era hora de partir a nuestro siguiente destino: el distrito de Arashiyama. Le dijimos adiós al pacífico templo y caminamos tres cuadras hasta la estación de Omuro-Ninnaji (línea Dentetsu-Kitano) para abordar el pequeño tren eléctrico que nos llevaría hasta la estación de Katabiranotsuji. De ahí abordaríamos otro tren eléctrico más corto (línea Dentetsu-Arashiyama) hasta la estación de Arashiyama. La ruta es mucho más fácil que pronunciar los nombres de la estaciones y todo está perfectamente indicado en inglés o a algún amable japonés podrá indicarle el anden correcto.

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Brrrrr ¡qué frío!

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Trenes eléctricos Randen (Dentetsu)

Ahora sí, hora de explorar uno de los paisajes más emblemáticos de Japón.

Continuará…

**Gina