Tokyo: Una tarde en la isla de Odaiba

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Disfrutamos nuestra última tarde en Japón en la futurista isla de Odaiba, en la capital del país. Habíamos llegado al mediodía procedentes de Kyoto tras escasas dos horas y media en un Shinkansen “suuuuuuuuuuper rápido” como les decía Copito. No me canso de alabar ese medio de transporte a todo aquel que menciona el país del sol naciente. Creo no hay mejor forma de experimentar la modernidad de Japón que ser transportado en esta maravilla de la ingeniería ferroviaria. Esa mañana habíamos recorrido 513 kilómetros en dos horas y media y eso, tomando en cuenta que el Japan Rail Pass no es válido para los trenes de categoría Nozomi. Nosotros los humildes turistas internacionales nos tenemos que “conformar” con los trenes Hikari que hacen más paradas en el trayecto y por tanto, llegan unos 15 minutos más tarde que los Nozomi.

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Feliz de estar en un shinkansen

Como el tren llegó a la estación central de Tokyo estábamos un poco nerviosos por abordar con equipaje el tren Chuo Rapid hacia la estación de Shinjuku. Para nuestra buena fortuna, el tren vino casi vacío a esas horas y pudimos llegar a Shinjuku sin ningún contratiempo. En 15 minutos ya nos encontrábamos otra vez deambulando por la estación más transitada del mundo en búsqueda del hotel Sunroute Plaza.

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Copito siempre comía algo rico

Apenas dejamos las maletas en el hotel nos dispusimos a averiguar cómo llegar hasta Odaiba sin tanto transbordo. Como siempre, Hyperdia nos dio la respuesta y en pocos minutos ya estábamos en el tren Yamamote hacia la estación de Shimbashi, desde el cual tendríamos que abordar el moderno tren Yurikamome hacia la isla. Este último tren no está incluido en el Japan Rail Pass por lo que tuvimos que recargar nuestras tarjetas IC Suica para pagar. Muchos empleados de los trenes Yurikamome estaban listos para apoyar al visitante confundido con las tarifas y tarjetas IC. ¡Esta estación es a prueba de visitantes de los países menos desarrollados que Japón!.

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Tren elevado a Odaiba

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Rainbow Bridge

El trayecto a bordo de este tren fue muy divertido, primero al darnos cuenta que no había conductor de tren. Copito se sentía uno pues abordamos en el primer vagón y podíamos apreciar perfectamente el paisaje a través de sus grandes ventanas frontales. Segundo, porque se trata de un tren cuyas rieles fueron construidas elevadas del suelo lo que brinda aún más vista panorámica a la parte más moderna de Tokyo. Tercero, cruzar el Rainbow Bridge a bordo de este tren fue toda una experiencia para Copito. Ahí estaba en el mismo puente en el que Lightning McQueen compitió en el Gran Prix en la película Cars 2. El sol brillaba con todo su esplendor y estábamos muy contentos por despedirnos de Japón viendo a Copito gozar la experiencia.

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Plaza comercial en el Waterfront

Llegamos a la estación Daiba, justo en medio del Odaiba Waterfront. Ahí estaban congregados muchos japoneses tomando el sol y muchas fotos a la pintoresca vista del Rainbow Bridge y la réplica de la Estatua de la Libertad donada por Francia a Japón en conmemoración de “el Año de Francia en Japón” en 1998. Caminamos bastante tiempo pues el clima era muy agradable y Copito estaba coqueteando, como siempre, con todas las jóvenes japonesas que se relajaban esa tarde en el Waterfront.

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Estatua de la Libertad en Odaiba

Unos cuantos rugidos estomacales nos avisaron que era hora de comer algo sustancioso. Vimos desde lo lejos un restaurante que lucía casual y relajado y en donde podíamos encontrar algo que Copito jamás rechazaría: papas a la francesa. Se trataba de un restaurante con aires hawaianos llamado Kua Aina justo enfrente del Waterfront. Escogimos una mesa con vista al Rainbow Bridge para seguirnos deleitando mientras comíamos nuestras hamburguesas y ensalada.

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¡Me la quiero comer!

A continuación fue hora de caminar y caminar por la isla. Estaba maravillada con la moderna arquitectura del edificio de Fuji TV y algunos hoteles cercanos. También con los grandes centros comerciales como Aquacity y Divercity en donde incluso, había un robot gigantesco!. Toda una experiencia nipona. También hicimos coraje cuando vimos que los elevadores hacia un puente que cruza hacia Palette Town estaban siendo monopolizados por norteamericanos jóvenes algo puruxes (gordos en Maya). Aclaro, los norteamericanos no eran obesos, just fat y se hubiesen beneficiado mucho de subir escaleras. No podía entender porqué no lo hacían como lo hacían los jóvenes japoneses o como nosotros lo habríamos hecho si no lleváramos carreola. A la Yucafamily le fue más fácil plegar ésta última y subir las escaleras  que esperar a que la docena de gordos terminaran de usar el elevador.

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Fuji TV y Aquacity

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Aquacity y el tren elevado

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Ferris Wheel en Odaiba

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Gundman de tamaño real

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Foto del recuerdo con el robot

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Hermosamente iluminado

Después de quemar esas calorías, llegamos a Palette Town, un complejo de entretenimiento en donde se encuentra la exhibición de autos Toyota (Toyota MegaWeb), un área de conciertos, un enorme centro comercial y, por supuesto, lo que Copito nos pidió desde que se vislumbró desde el tren a Odaiba: una enorme Rueda de la Fortuna. Solo para que se den una idea de su gigantesco tamaño: su diámetro mide 100 metros y su altura máxima 115 metros. Ya había anochecido y desde arriba disfrutábamos viendo el espectáculo que era el Tokyo nocturno. Desde lejos brillaba la Tokyo Tower y también la Skytree. La Rueda resplandecía de manera colorida al igual que el Rainbow Bridge. Y ni que decir del enorme Gundman, el robot estrella de la isla. Todos nos decían sayonara pues al día siguiente regresaríamos a nuestro caliente país.

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Palette town

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Vista desde la Ferris Wheel de Odaiba

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Bellos colores en Odaiba

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Bellos colores en la Ferris Wheel

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Como siempre muy feliz de subir a cosas nuevas

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Vista desde la Ferris Wheel

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Vista desde la Ferris Wheel

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Tokyo de noche

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Tokyo de noche

Esa última mañana, Tokyo nos despidió con lluvia y frío. Fue muy fácil llegar al aeropuerto pues el Limousine Bus hace parada justo en el hotel Sunroute Plaza Shinjuku. En poco menos de dos horas ya estábamos haciendo check-in en el aeropuerto de Narita.

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Area de juegos en el aeropuerto de Narita Tokyo

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Ayudando con el equipaje

Así había terminado un gran viaje lleno de retos y enseñanzas. Estaba totalmente agradecida con la vida por haber podido cruzar el océano y estar en un tan país mítico como Japón. Han pasado ya varios meses desde que regresamos y Copito no olvida sus aventuras por los templos, los bosques, los monos, los trenes y la juguetería de Yodobashi. Aún me pregunta cuándo regresaremos a Japón, como si se tratara de nuestra vecina Riviera Maya. Algún día seguramente, cuando conozca de distancias y sepa leer un mapa, se dará cuenta que lo que hizo fue colosal para sus escasos tres años. Posiblemente ya lo habrá olvidado pero aquí están las palabras de su madre, escritas en este humilde blog, para recordarle sus aventuras en el país de las puertas Torii, los pacíficos Budas y los shinkansen. Mientras llega ese momento, seguirá pasando las fotos de Japón una y otra vez añorando volver a este bello país.

Nos leemos en nuestra siguiente aventura.

**Gina

La incomprendida Kyoto Tower

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Me acuerdo que la primera vez que salimos de la estación central de Kyoto y vimos la Kyoto Tower enfrente me pareció bastante fea y ridícula para la ciudad. Parecía sacada de una película de extraterrestres de los 50’s y desentonaba con el aspecto tranquilo de Kyoto. Incluso de noche, cuando la ciudad encendía sus luces de colores, la Kyoto Tower parecía ser la intrusa en la fiesta. Pues bien, la Yucafamily decidió darle una oportunidad a la torre en esa tarde con muchos pronósticos de lluvia. Después de todo no es bueno juzgar a las cosas por su apariencia ¿no?.

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La torre estaba casi vacía ese día y fuimos bienvenidos con la acostumbrada amabilidad japonesa. Fuimos dirigidos al elevador que nos conduciría hasta la plataforma de observación a 100 metros de altura. Ahí se puede gozar de una vista panorámica de 360 grados de la ciudad y hacer uso de los telescopios gratuitos. Copito fue saludado efusivamente por la mascota Tawawa-chan quien a pesar de sus muchos esfuerzos no logró que Copito le perdiera el miedo. Él prefirió cuando le dieron un peluche de Tawawa-chan para que posara junto con sus padres para unas fotos. ¡Ese sí era de su tamaño!.

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Cuando terminamos de observar la ciudad, bajamos hacia el tercer piso en donde había un restaurante con vistas a la estación de trenes. Mientras nos bebíamos unas generosas cervezas pudimos ver a los shinkansen y a los otros trenes ir y venir para el deleite del pequeño Copito. Para mí, la estación de trenes de Kyoto no solo era enorme, moderna y original con sus enormes paneles de vidrio y sus interminables escaleras eléctricas sino que era un paraíso para las compras. La tienda departamental Isetan de siete pisos y una infinidad de tiendas de ropa, souvenirs, comida, cines, etc hace que el visitante nunca se aburra en su espera. Nosotros no fuimos ahí de compras sino a la enorme tienda Yodobashi ubicada a una cuadra más adelante en donde, por primera vez en todos nuestros viajes, tuvimos que comprar una maleta adicional para guardar todo lo adquirido durante esas tres semanas. Para defensa de los adultos de la familia, dos terceras partes de la maleta se ocuparon con juguetes de trenes y todo lo relacionado con ellos (cubiertos, vasos, rompecabezas, etc.) y que, obviamente, no podíamos conseguir en México.

No fue sino hasta el final del día que la anunciada lluvia cayó cuando nos dirigíamos al departamento. Esta vez ya estábamos preparados para ella con el protector para la carreola y unos impermeables desechables aunque más tardamos en ponérnoslo a que la lluvia pasara. Esa noche nos fuimos temprano a la cama pues sabíamos que nos esperaba una larga jornada en Miyajima e Hiroshima al día siguiente. Pero esa ya es otra historia…

**Gina

Castillo de Himeji

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Dicen en mi país “al que madruga, Dios le ayuda” y en los viajes esto no puede ser más cierto. Eran apenas las 8:00 am cuando todos los miembros de la Yucafamily se encontraban listos en la estación central de Kyoto para abordar un shinkansen con destino a Himeji. No crean, mis queridos lectores, que madrugar forma parte de mis deseos cotidianos. Al contrario, como madre de familia, todos los días anhelo poder despertar una hora más tarde pero al parecer, madrugar forma parte de la naturaleza de cierto individuo de un metro de estatura. En todo nuestro viaje, el pequeño Copo de Nieve, se levantó aproximadamente a las 7:00am por lo que teníamos tiempo suficiente para hacer un breve desayuno y alistarnos para la aventura del día.

En menos de una hora ya nos encontrábamos en la ciudad de Himeji, poseedora de uno de los castillos más espectaculares de todo Japón. No hubo necesidad de preguntar el camino al castillo pues saliendo de la estación lo vimos resplandeciente al final de la avenida Otemae-dori. Tardamos unos 20 minutos en llegar a la entrada de la fortificación y de ahí se atravesaba una gran explanada en donde algunos grupos de turistas japoneses se encontraban posando para las fotos del recuerdo. Como era de esperarse, nos indicaron que teníamos que dejar la carreola en resguardo y utilizamos uno de los lockers para guardar nuestra mochila. Cuando nos disponíamos a entrar a la fortificación, un amable guardia de seguridad nos ofreció tomarnos unas fotos de recuerdo lo que por supuesto aceptamos gustosamente.

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Gran explanada ante el castillo

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Jardines 

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Recorriendo los interiores de la fortaleza

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Foto tomada por el guardia

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El guardia era todo un fotógrafo

El castillo de Himeji es apodado “la garza blanca” debido al bello color blanco que lo recubre. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993 y es uno de los tres castillos más famosos de Japón junto con el de Matsumoto y el de Kumamoto. Su fama tiene una justa razón pues se trata de una construcción original, es decir, que nunca ha sido destruido por guerras, terremotos o incendios.

Su origen se remonta a 1346 cuando se construyó una fortificación en la zona. Con el paso de los años se construyeron las torres menores y la espectacular torre mayor, perfectamente bien protegidas por un sistema de laberintos, pasadizos, una infinidad de puertas, cuartos secretos y saeteras. Para nuestra fortuna, el camino a la torre mayor estaba perfectamente bien señalada y el único que acechaba curiosamente por las ventanas saeteras era Copito de Nieve. Aunque pareciera increíble de leer, el castillo estuvo a punto de ser demolido durante los inicios de la Restauración Meiji como muchos otros castillos del Japón feudal. Posteriormente fue considerado un campamento ideal para los militares y después se promovió su restauración por parte de los ciudadanos de Himeji. Durante la Segunda Guerra Mundial, varias bombas cayeron sobre la ciudad destruyendo gran parte de ella. Una de ellas incluso cayó sobre la torre principal pero misteriosamente ésta no llegó a explotar causando regocijo entre los habitantes de la ciudad.

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Acechando en las ventanas defensivas

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Una de las muchas puertas de acceso

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Otra puerta 

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Base de piedra del castillo

Aunque por fuera la torre mayor pareciera tener cinco pisos, por dentro, los visitantes suben seis pisos por medio de estrechas escaleras. Desde la cúspide se puede gozar de una hermosa vista de la ciudad de Himeji a través de sus ventanas. Copito nos comprobó que se había vuelto un experto subiendo escaleras tamaño pie japonés pues, a diferencia de todos los que ahí nos encontrábamos, le resultó fácil escalarlas a pesar de estar bastante empinadas. Un grupo de niños en visita escolar se dedicaron a hacerle fiesta por cada konichiwa que les decía en su incipiente japonés lo que hizo nuestro recorrido muy ameno y menos formal que nuestras visitas anteriores a templos.

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La construcción del castillo

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Pez con cabeza de tigre

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Interiores de la torre principal

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Una de las escaleras

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Pez talismán que protege contra los incendios. ¡Muy efectivo! 

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Interiores de la torre principal

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Detalle del pez talisman 

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Copito descansando y tomando el sol

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Las torres en todo su esplendor

Le dijimos sayonara al magnífico castillo alrededor de las 11:00am. Nuestro siguiente objetivo era el menos concurrido Monte Shosha, ubicado en las afueras de la ciudad de Himeji. Sabíamos que era un lugar de difícil acceso así que apresuramos el paso hacia el paradero del autobús.

Continuará…

**Gina

Hida Takayama: Una ciudad en las montañas japonesas

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Después de sobrevivir en el tren Chuo Rapid de Shinjuku a Tokyo esa mañana sabatina, hicimos las reservaciones pertinentes para llegar a Takayama. Y digo sobrevivir porque el tren venía bastante lleno a pesar de que era fin de semana y muchos japoneses también se dirigían con maletas tamaño frigobar a la estación central. Al parecer las maletas son mucho más comunes en Japón que las mochilas pues incluso en los letreros de las estaciones suplicaban que el pasajero tuviera consideración de no aplastar los pies de otras personas con semejantes equipajes.

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Nuestro shinkansen a Nagoya

Nuestro primer tren fue un shinkansen de la ruta Tokaido. El destino era Nagoya, en donde tendríamos que tomar otro tren hacia Takayama. En el trayecto tuvimos la oportunidad de ver el Monte Fuji, ícono de Japón, desde las amplias ventanas del tren pues el rey sol brillaba en todo su esplendor sobre la región. Es bien sabido que Fuji-san es muy tímido y la mayor parte del tiempo está oculto entre las nubes por lo que consideramos su presencia esa mañana como un regalo de Japón hacia la Yucafamily.

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Monte Fuji

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Fuji-san

Copito mientras tanto hacía amistad con el joven que revisaba los boletos del tren a quien le decía “el policía” cada vez que pasaba por nuestros lugares. “El policía” lo llevó a ver a Fuji-san desde las ventanas de la cabina principal, alzándolo para que viera el paisaje. Eso debió provocar un gran impacto en la mente de Copito pues aún en estos días recuerda aquel momento. Cuando nos bajamos en Nagoya, el joven le dijo “bye bye!” desde su ventana mientras vigilaba que todos los pasajeros estuvieran a bordo. A partir de ese momento, Copito recibió muchos Hi fives, dulces, origamis y calcomanías de los empleados de los diferentes shinkansen pues los saludaba muy efusivamente cuando pasaban a lado de él. ¿Quizás todos ellos le recordaban a su querido “policía” que lo había cargado?.

En Nagoya corrimos hacia el anden del Limited Express Wide View Hida que nos llevaría a Takayama. Sólo teníamos 15 minutos de conexión que cargando maletas y empujando carreola parecen solo cinco y afortunadamente llegamos justo a tiempo para abordar uno de los vagones para pasajeros sin reservación. El tren iba bastante lleno pero no tuvimos ningún problema para encontrar tres asientos juntos. ¡Uff, hasta sudamos por primera vez en Japón!.

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¡Qué sueño!

Yo fui la única que se mantuvo despierta todo el recorrido pues los vikingos se durmieron casi inmediatamente.  Aunque el tren tardó dos horas y media en llegar a nuestro destino jamás sentí aburrimiento pues el tren tenía grandes  ventanas que me permitieron admirar el paisaje. La segunda mitad del trayecto fue particularmente hermosa pues pasábamos pequeños poblados junto a ríos y montañas nevadas.

Eran alrededor de las 2:00pm cuando llegamos a Takayama.Nuestros estómagos crujían a esas horas de la tarde clamando alimento cuando, por obra del destino, encontramos un pequeño puesto de algo digerible que lucía apetitoso. ¡Oh my God! era una de las cosas más deliciosas que hemos probado en toda nuestra mediana vida. Se trataba de un pan al vapor relleno de carne con un sabor e-x-c-e-p-c-i-o-n-a-l. Los tres miembros de la familia lo devoramos sin piedad y aunque nos dijeron su nombre en japonés no lo recordamos. Algunos puestos lo traducían como Hida Beef Bun así que si alguno de ustedes va a Takayama no olviden probar estas delicias.

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Hida Beef Bun

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Comiendo hasta con guantes

Una vez que las panzas se calmaron nos dirigimos al ryokan Hodakaso Yamanoiori (casa de huéspedes tradicional) para dejar nuestras maletas y salir en cuanto antes a caminar.  El clima era nublado y frío y el ambiente era totalmente diferente a Tokio. Takayama se encuentra en la región montañosa de Gifu y ahí habitan menos de 100,000 habitantes. Durante mucho tiempo su altitud y su localización lejana a otras áreas la mantuvieron separada del resto de Japón lo que le permitió desarrollar su propia cultura. La gente de Takayama era diestra en la carpintería, la cerámica y la fabricación de muebles. Gracias a este aislamiento, la ciudad posee un distrito histórico bastante conservado que se ha convertido en el corazón de la zona turística. Dentro de los edificios conservados se encuentran tiendas de artesanías, restaurantes, tiendas de sake y hasta museos. No pudimos salir con las manos vacías de las curiosas tiendas y compramos algunas botellas de sake y un sarubobo, el talismán regional que atrae la felicidad.

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Maneki-neko, el gato de la suerte

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Distrito histórico de Takayama

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Distrito histórico de Takayama

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Distrito histórico de Takayama

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Barriles de sake en el distrito histórico de Takayama

Quizás por el clima, no muchas personas se encontraban en la calle con nosotros. Me pareció que había más visitantes occidentales que en Tokio e incluso vimos a otros valientes padres de familia viajando con sus hijos. Creo que Takayama brinda la oportunidad de conocer el lado más tranquilo de Japón y de su antigua arquitectura rural y eso resulta muy atractivo para las personas que huyen del bullicio de las grandes urbes.

Los pronósticos de clima para el día siguiente lucían favorables así que nos dirigimos a la estación de autobuses Nohi para reservar nuestros asientos para Shirakawa-go. Nos llevamos una sorpresa desagradable cuando nos dijeron que todos los autobuses se encontraban llenos para el día siguiente y únicamente había lugar en el autobús de las 7:20 am. “Oh well, madruguemos” pensamos. Y vaya que el refrán “al que madruga, Dios le ayuda” fue verdad, pues gracias al horario del autobús pudimos tener a Shirakawa-go solo para nosotros.

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Árbol de 1,200 años de antigüedad

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Templo Kokubun-ji

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Templo Kokubun-ji

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“Aprenda, mi hijo, que en Noruega hay mucha nieve”

Terminamos nuestras andanzas en el templo Kokubun-ji en donde una amigable joven japonesa nos mostró muy orgullosa un árbol de 1,200 años de antigüedad. Fue una manera muy pacífica de acabar el día pues salvo nosotros y la joven nadie más se encontraba ante tan longevo árbol. Mientras sus padres admiraban el pasado religioso y ceremonial, Copito estaba más entretenido explorando un moderno artefacto que jamás en su vida de yucateco había visto: ¡un quitanieves!.

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Cenando en nuestra habitación

Terminamos el día comiendo un rico sushi comprado en un supermercado local. Que el lector no piense que la comida de las tiendas de conveniencia y los supermercados eran de baja calidad. Por el contrario, eran preparados con ingredientes frescos y sabían mucho mejor que los hechos en restaurantes en México. Creo que las comidas “rápidas” de Japón eran la mejor manera de comer sanamente sin saquear nuestro piggy bank.

Afuera los termómetros marcaban 7 grados centígrados bajo cero. Adentro de nuestra habitación los tres cochinitos dormían muy calientitos.

**Gina